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Las arterias son tubos muy elásticos que conducen la sangre del corazón a todas las partes del cuerpo. Si alguna parte del cuerpo dejase de recibir sangre arterial, no podría seguir viviendo. Compruébese como se duerme o insensibiliza un dedo o una mano cuando se practica una ligadura que impide la afluencia de sangre.


Dos grandes arterias salen del corazón: la aorta, que arranca del ventrículo izquierdo, y la arteria pulmonar, que sale del ventrículo derecho; pero casi todas las arterias pueden considerarse como ramificaciones de la aorta. 
Las arterias elásticas, es decir, la aorta -la mayor arteria- y sus ramas principales, son de grueso calibre, lo que permite el flujo libre de la sangre. Además, tienen robustas paredes musculares entramadas con una serie de capas concéntricas de elastina, una proteína elástica. 
Cuando el ventrículo izquierdo impulsa la sangre a estas arterias, se expanden, atenuando así la elevada presión, y entonces conduce la sangre al siguiente grupo de arterias: las musculares o distribuidoras, que también poseen elastina. Gracias a estas funciones, la presión del flujo sanguíneo es constante al llegar a los delicados capilares. 
El diámetro de las arterias distribuidoras mide entre un centímetro y 0,3 milímetros. Al dilatarse o contraerse por orden de unas fibras nerviosas especiales, estos vasos contribuyen a regular el flujo sanguíneo, lo que hace que el aparato circulatorio sea muy dinámico. En caso de un traumatismo, por ejemplo, los sensores de presión en las capas arteriales envían una señal al cerebro, que, a su vez, ordena a las arterias indicadas que reduzcan el flujo sanguíneo a las partes del organismo menos importantes, como la piel, y lo desvíen a los órganos vitales.

Para cuando la sangre abandona las arteriolas -las arterias mas pequeñas-, mantienen una presión constante y baja, de unos 35 milímetros de mercurio, lo cual es imprescindible puesto que estas se ramifican en los capilares, los vasos de menor tamaño del organismo.